La sombra alargada que la tarde pinta
de añil sobre oro
en el polvo mullido,
se mece y abana el trino canoro
y la pluma tinta
del ocaso encendido.
Tras de mi la centella de negro azabache
que muestra encarnada su lengua de fuego,
dibuja una red de olorosos caminos:
Roger inquieto, expectante, canino:
lucero que arde.
Guadix a lo lejos. El fin del destino.
La fronda silbante
cuajada de plumas,
de hojas plateadas, volubles, flotantes,
de algodonosas brumas.
Mi alma se duerme
en el rastro de seda
por donde se pierde
la sombra alargada de las alamedas.
lunes, noviembre 13, 2006
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