Yo, que nunca encontré el calor de los oros,
Que ladraba a mis piernas tumulto de perros,
Perfumado de sangres, de carnes de nervios
Bogué la canoa que lleva mi pecho
Y arribé a las orillas aladas del cielo.
Perdí los caminos, vagué los desiertos
Besé los espinos, lloré por los muertos...
Los tálamos lúgubres del firmamento
Bordaron sus colchas con los aguaceros
De plata de estrellas y azules luceros;
Y allí estaba yo y estaban mis miedos
En ánforas griegas de arcanos secretos,
Envuelto en la noche, mecido en el viento
Que abruma horizontes de rojos ensueños;
Anclado en los ojos de otros espejos
Que apenas son ecos de otros lamentos.
En medio del NADA, en medio del MEDIO
Y solo era un punto en el grito del tiempo
De aquella espiral sin bordes ni centro.
Como un palafito en el océano negro
Al hervor bravío de la mar expuesto.
Fui ara sagrada en los lares egregios
Y sueño futuro del cruel Can Cerbero.
En el ojo errante de Afrodita inmerso,
Estuve en la lágrima salada disuelto.
En moneda invisible fui haz y reverso
Y sangre del inca en el rito cruento.
Dormí en los latidos de todos los tiempos:
Presente, futuro, aoristo, pretérito...
En una mejilla fui rosa de fuego
Y cáncer mortal en el hígado infecto.
Mis labios bebieron la luna del Céfiro
En cráteras frías de polvo de infierno.
Erré vagabundo por los monasterios
Y allí fui ciprés y piedra y misterio
E infecundo semen de los adulterios.
Dormí entre los musgos de los cementerios
Y en Egipto marqué con sagrado cordero
Las puertas infames de los primogénitos
Y antes o luego o siempre fui hielo
Y en el mismo momento fósil deshecho
Abarqué con mi mano el espacio y el tiempo
Y allí estaba Dios
Y Dios como yo
También era ciego.
viernes, noviembre 17, 2006
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