sábado, noviembre 04, 2006

Aquellas casa antiguas

En la cómoda está el fanal,
el toro y la bailarina;
en el pretil del humero
la baraja de las briscas,
un peine, un reloj de hierro,
una caja de cerillas,
dos o tres cabos de vela
y un candil de lanilla.
Los platos en la alacena,
la abuela tostando harina;
y en la cocina un olor
a leche y a mantequilla,
a dulces bollos de aceite,
a leña y a ropa limpia.
Sobre la mesa unas flores
en una jarra de china;
y un tapate de hule;
cercado por cuatro sillas.
En la pared una percha
y en la percha una toquilla,
una gorra, una rebeca
un bastón y una sombrilla.
En el techo los melones,
los chorizos, las morcillas...,
Las uvas de Navidad,
colgando de las puntillas,
clavadas sobre la cal
de las blanqueadas vigas.
De un retorcido cable
pende quieta una bombilla
que da, escuálida y pobre,
una tenue luz amarilla.
Una radio de galena
ronronea en la repisa
algún serial lacrimógeno
o algún anuncio de quina.
A su lado un par de libros:
los dos tomos de la Biblia
con las tapas encarnadas
y los lomos de telilla.
De lona, una mecedora
reposa junto a una esquina
y en ella la abuela cierra
los ojos medio dormida.
La cálida chimenea
desprende olor a resina,
a humo de paja seca
y a seca leña de encina.
Alejadas de las ascuas,
al calor de la ceniza,
se van asando patatas
a fuego lento, sin prisa,
lo mismo que el padre Juan
cuando celebra la misa.
En las trébedes calientes
una olla renegrida
con café de pucherete
que se hizo en el “torcía”
borbotea rumorosa
vapor a malta cocida.
Tendidas junto al hogar
las tenazas, la badila
y una escoba de rama
para barrer las astillas.
Colgado en la chimenea
un retrato de familia
con el marco taladrado
de agujeros de polilla
y estampas de algunos santos
prendidas en cada esquina.
Un almanaque de Mata
que anuncia las hojaldrinas
lleva colgada de un clavo
la cara de Santa Rita.
Y debajo una leyenda:
“Oh, Santa Rita bonita
que en el cielo estás escrita
con papel y agua bendita...”
Una plancha de carbón
en el poyo de la hornilla
espera que se caliente
para planchar las camisas.
Por fuera de la ventana
cuatro macetas tiritan
con el viento frío del Norte
hasta dejarlas marchitas.
En la mesa tocinera
hay un lebrillo que brilla
y una orza con lomo
en manteca derretida.
Más allá las cantareras
con tres cántaros de arcilla
y un cazo de hojalata
abollada y desbruñida.
Un gato se quema el rabo
bajo la mesa camilla
y en el picón del brasero
deja un rastro a chamusquina.
En el suelo, irregulares,
unas baldosas muy chicas
mitad blancas, mitad negras
con una greca amarilla.
Detrás de las cantareras,
en un montón, las vasijas:
calderos y palanganas
dos calderas cobrizas,
las sartenes y las ollas,
muchos cuencos y escudillas.
Los botes de las conservas
llenos todos hasta arriba
con los tomates de pera
y un poco aceite de oliva,
los tarros que muestran dulce
melocotón en almíbar.
Recubierta con esparto
una garrafa vacía
que se llevan para el campo
y mantiene el agua fría.
La cántara del aceite
en un rincón escondida
amarrada a un clavo negro
con una cuerda de pita.
La lechera de aluminio
bien fregada y escurrida
pero con mil tolondrones
de tantísima paliza.
En la pared más visible,
en señal de pleitesía,
el Corazón de Jesús
en una estampa pajiza
con un marco fabricado
de cuatro tablillas lisas
que la mano el almirez
de vez en cuando revisa,
cuando el cartón que se abomba
las abre por las esquinas.
Debajo, con sus tres patas
hay una media mesita
apoyada en la pared;
y encima una hornacina
de madera, con dos puertas
abatibles de rejilla.
Y dentro, de porcelana,
una Virgen antigua
con una caja a sus pies
que le sirve de alcancía
donde guarda las limosnas,
casi siempre en calderilla,
que hoy ponen en mi casa
y mañana en la vecina.
De un tazón con aceite
sale una luz blanquecina
de cinco o seis mariposas
que a la Virgen ilumina
y que aunque pase la noche
siempre sigue encendida.
La puerta que da a la calle
es de madera maciza
que la huella de los años
va llenando de rendijas;
con su cerrojo y sus clavos
de una cerrajería
tan simple y tan consistente
como eran nuestras vidas;
la vida de aquella infancia
que mi memoria reedita
y que ya, por más que nos pese,
ha quedado reducida
a estos recuerdos de ayer,
de esa estancia querida
donde quedó ¿quien lo sabe?
lo mejor de nuestra vidas

Epitafio

A mi tío Manuel Peláez Muñoz, que tuvo la valentía
de morir por unos ideales y con el que tengo la ilusión
de haber heredado, la idea de justicia social.



Llorado corazón de recio olivo:
la rosa de tus labios aun derrama
justicias, que mi pecho, hoy, reclama
de tu pecho, Manolo, siempre vivo.

Verás, que por mi sangre yo percibo
la esencia inmortal de tu proclama,
y arde en mis venas, como llama,
la furia de tu verbo decisivo.

No hay átomo de luz que no recuerde
lo injusto de tu muerte prematura,
ni el gozo de tu vida de semillas.

Quebraron, por tronchar, un brote verde;
y fue, doblada, ayer, tal mi amargura
que recuerdo tu nombre, de rodillas.

Guadix

Siempre desdeñada, Guadix sedienta,
por la nube esquiva que evita el valle;
deseosa siempre de que el cirro estalle
en ruidosa y frenética tormenta.

De piedra gris, su cara polvorienta,
descubre en la indigencia de su talle
la fugaz torrentera en una calle
tortuosa, empinada y macilenta.

Cuando cesa, al fin, la lluvia escasa
y renace, añil, el azulado día,
reverberan las losas de la plaza

cual joyas de arabesca pedrería
que recuerdan el cruce de mil razas,
soportando impasibles, la sequía.