Oro verde líquido, que se encierra
en cálices, de luz tornasolados,
-menudos corazones embriagados
por la savia amarga de la agraz tierra-.
Fluido feraz, sagrado, que se aferra
pertinaz, a los troncos deformados
en miríadas de jades plateados
que la vara cruel, inevitable, aterra
¡Cuan lejana llegó, oro, ya tu fama
que el sabor y el aroma redivivo,
fundieron la salud a los deleites.
Desde el blanco despertar, la tierna trama,
mamando la bondad del viejo olivo,
manan luz por los siglos tus aceites.
lunes, noviembre 27, 2006
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